En Castilla y León, donde la política suele moverse con la velocidad de un rebaño en invierno, hay días en los que un simple café puede generar más inquietud que un soporífero pleno municipal o una sesión de cortes regionales. Y no porque haya estallado nada —aquí nunca estalla nada a la vista—, sino porque si lo que contamos hoy eterminara siendo cierto, más de un partido de los de siempre tendría que revisar su plan de siesta.
Especialmente un PP que vive más pendiente de mirar a Vox que a su alrededor, convencido de que todo está hecho mientras agita el espantajo del sanchismo, como si a Sánchez o a Feijóo les quitara el sueño esta Comunidad.
La escena, por sí sola, no tenía misterio: una mañana de lluvia y viento, una hora discreta y un lugar nada discreto, el Landa, donde coinciden madrileños rumbo al norte, vascos camino de Madrid y burgaleses que se regalan huevos con morcilla sin olor a fritanga. Allí, sin esconderse y sin prisa, Carolina Blasco y Silvia Clemente tomaban un café. Nada clandestino, nada teatral. Precisamente por eso, tan sugerente. El observador no puede asegurar si había algo más que café, pero sí puede intuir que, si esto avanza, habrá quien necesite aire.
Porque hablamos de dos perfiles con criterio propio, experiencia en gestión y una cualidad que escasea en la política autonómica: no agachan la cerviz. Y claro, en una tierra donde las elecciones aún no están convocadas —pero lo estarán este próximo lunes— verlas juntas encenderá sin duda las antenas que llevaban años en modo ahorro de energía. No sería la primera vez que Blasco provoca un respingo: con apenas quince días de existencia, Decide Burgos ya estuvo a un paso de colarse en el salón de plenos mientras los de siempre intentaban hacer como que no existía.
La posibilidad de que estos dos perfiles estén explorando algo más que un desayuno inquietará, y mucho, a quienes llevan décadas administrando la política regional como si fuera un trámite hereditario. Una alternativa independiente, sensata, sin proclamas caducadas y con vocación de gestión podría atraer justo a quienes nadie está mirando: moderados cansados del frentismo, jóvenes que no conectan con la política de siempre y abstencionistas de salón que preferirían soluciones antes que épica. Un público que, curiosamente, nadie parecía considerar relevante... hasta que dos mujeres se han sentado a hablar en el sitio adecuado.
Y así, en unas autonómicas donde lo más novedoso hasta ahora es un candidato socialista cuyo nombre cuesta recordar, incluso a los suyos, la simple posibilidad de que algo distinto se esté moviendo ya provocará, aunque nunca se reconozca, un pequeño temblor. Nada confirmado, nada anunciado, nada seguro. Pero en Castilla y León, donde la política suele avanzar a cámara lenta, basta con que dos personas se tomen un café en el Landa para que el tablero empiece a vibrar. Y esta vez, puede que empiece a hacerlo.
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